El término Nuevo Cine Argentino (NCA) define a una profunda renovación estética, narrativa y de producción que transformó la cinematografía local a mediados de la década de 1990 y principios de los 2000. Este movimiento surgió como una reacción tanto al cine comercial y complaciente de la época como a las fórmulas solemnes de las generaciones anteriores, coincidiendo con la crisis socioeconómica del menemismo. Impulsado por jóvenes realizadores egresados de escuelas de cine y apoyado por el nacimiento de festivales clave como el BAFICI, el NCA se caracterizó por un marcado tono realista, el uso de presupuestos independientes, locaciones reales y el protagonismo de actores no profesionales o rostros poco conocidos.
En términos conceptuales y de lenguaje, el movimiento se alejó de los grandes relatos explicativos para enfocarse en la cotidianidad, el desencanto de la juventud, la marginalidad y la fragmentación social. Obras fundacionales como Pizza, birra, faso (1998) de Bruno Stagnaro e Israel Adrián Caetano, Mundo grúa (1999) de Pablo Trapero, o La ciénaga (2001) de Lucrecia Martel, consolidaron una mirada que priorizaba el registro directo, los tiempos muertos y un naturalismo a veces crudo y otras veces hipnótico. El impacto del Nuevo Cine Argentino no solo reconfiguró el mapa cultural interno, sino que también devolvió a la producción nacional una enorme proyección y prestigio en los festivales internacionales más importantes del mundo.

